Las revoluciones burguesas

Hacia 1820 se inició un ciclo revolucionario que sólo terminaría en 1848 y que sería conocido como período de las Revoluciones Burguesas, por el carácter liberal, republicano y nacionalista, que bajo el liderazgo de la burguesía y con el apoyo de amplios sectores populares, tuvieron dichos movimientos.

Estos movimientos sociales se dieron en tres oleadas, la primera en 1820, la segunda en 1830 y la tercera en 1948, con diversos escenarios, que en conjunto afectaron especialmente a las monarquías absolutistas restablecidas en 1814, sus identidades variaron, de la menor en 1820 a la mayor en 1848, debido a una progresiva radicalización: la primera revolución fue únicamente liberal y parlamentarista, como reacción ante absolutismo; la segunda y la tercera estuvieron motivadas por la presencia de los trabajadores industriales como sector político independiente. El socialismo informó estos dos últimos movimientos, de allí su radicalidad.

Sin embargo, los movimientos estaban en la dirección de la burguesía. La oleada de 1830 significó el triunfo de los sectores de banqueros, industriales y altos funcionarios, quienes gobernarían durante los siguientes cincuenta años. La oleada de 1848 fue, en parte contra estos sectores, y por ello su fracaso como revolución social.

En conjunto, citando al historiador inglés Eric Hobsbawm, dichos movimientos “se produjeron los sistemas políticos vueltos a imponer en Europa eran profundamente inadecuados  a las circunstancias políticas de continente, y porque el descontento era tan agudo que hacía inevitable los trastornos. Pero los modelos políticos creados por la revolución de 1789sirvieron para dar un objetivo específico al descontento, para convertir el desasosiego en revolución, y, sobre todo, para unir a toda Europa en un solo movimiento subversivo”.

La oleada revolucionaria de 1820

La oleada revolucionaria de 1820 tuvo como escenarios a Italia, Grecia y España. En Italia comenzó el proceso en Nápoles, a consecuencia del levantamiento de los carbonarios, sociedad secreta liberal, que obligó a Fernando I a promulgar una constitución similar a la española de 1812. Al tiempo, en Sicilia, grupos de bandas organizadas lucharon por su autonomía; en el plamonte, un grupo considerable  de soldados se sublevó en 1821 con la idea de establecer una monarquía constitucional. Este último movimiento se extendió por toda Italia y obligó a la abdicación de Víctor Manuel, pero el hermano de éste, Carlos Félix, sofocó rápidamente el levantamiento con la ayuda de Austria.

En España, la sublevación de las tropas que al mando de Riego debian pasar a América, en apoyo  al ejército de Pablo Morillo que ya había sufrido la derrota de la Batalla de Boyacá (1819), obligó a Fernando Vll a reinstaurar la Constitución liberal de 1812. Este hecho dio inicio al Trienio Liberal, liderado por la débil burguesía hispana, sin más pretensiones para mantener los principios de representatividad e igualdad, por lo cual fue fácilmente reprimida por los ejércitos franceses que acudieron en apoyo del rey.

El levantamiento griego tuvo distintas motivaciones: logra su independencia del Impero turco. Aunque la Santa Alianza veía con temor un desequilibrio político en la región de los Balcanes e Inglaterra intervinieron a favor del pueblo griego. La Batalla de Navarino, en 1827, sello la independencia con la destrucción de la flota turca.

1830: segunda oleada revolucionaria

Su objetivo también fue la lucha contra el absolutismo solo que esta vez el movimiento fue mucho más radical e involucro a las motivaciones liberales, elementos nacionalistas y reivindicaciones sociales y laborales. La revolución, con centro en el levantamiento francés, tuvo escenarios muchos más amplios que el anterior, pero al igual que 1820 significo el triunfo solo para algunos.

En Francia el alzamiento estalló el 25 de julio de 1830, motivado por la renuncia del rey Carlos X a conceder las reformas solicitadas por el pueblo y por los intentos de restablecer el absolutismo. El rey tuvo abdicar y los franceses quedaron con la disyuntiva de proclamar la Republica o coronar a un monarca liberal. Esta última tendencia prevaleció para beneficio de la gran burguesía: Luis Felipe de Orleáns fue llamado a ocupar el trono de Francia.

En Bélgica, los católicos y liberales se amotinaron contra el dominio de Holanda y obtuvieron su independencia. La revolución en Francia facilito la sublevación y la gran Bretaña apoyo los belgas, pues con ellos lograban disminuir el poder de Holanda como su competidor comercial. Las otras monarquías absolutistas no pudieron intervenir y Leopoldo l asumió el trono bajo la imposición de un régimen de monarquía constitucional.

Igualmente, en Portugal y en España la oleada revolucionaria represento el establecimiento de regímenes monárquicos liberales. En Portugal, el cambio llego al asumir Pedro l de Brasil la corona. En España, cuando los liberales apoyaron a Isabel contra las pretensiones de Carlos de Borbón y lograron el reconocimiento de un estatuto liberal.

En Italia, Polonia y Alemania la situación fue distinta. Los alemanes vieron truncadas sus aspiraciones liberales por la intervención de Austria y Prusia y la continuidad de Metternich en el control de la política del centro de Europa. El levantamiento italiano, continuación del carbonario de 1820, fracaso por la intromisión austriaca; en adelante, los italianos se congregarían en torno a Mazzini, líder de los nacionalistas que propugnaban por la unidad nacional. En Polonia, el levantamiento liberal no reconoció la repartición de tierras, negativa que les enajeno el apoyo del campesinado y facilito el triunfo de la intervención Rusa;  Polonia perdió su autonomía a consecuencia de esta intervención.

La “primavera de los pueblos”: 1848

la insurrección del pueblo francés en 1848, cuando los socialistas actuaron por primera vez con proyecto de reforma que abarcaban desde el comunismo de bienes hasta la abolición del Estado, hizo pensar a muchos que “la primavera de los pueblos” había llegado. Aunque esto no se realizó, el movimiento marco una diferencia profunda entre los anteriores y la vida política de Europa con los años siguientes: la presencia de los trabajadores como fuerza política antagonistas de los burgueses y del liberalismo. En 1848 se prefiguro en algo lo que será el siglo XX.

La revolución en Francia comenzó en febrero de 1848, cuando el pueblo salió a la calle a protestar contra las medidas de Guizot, ministro de Luis Felipe. La radicalización de las muchedumbres obligo  la abdicación del rey y a la proclamación de la Republica. Los socialistas tomaron la delantera y, con la creación del Ministerio del Progreso  y de los Talleres Nacionales, llevaron el levantamiento a su culmen.

Los talleres daban a los obreros el monopolio de la producción en las ciudades, lo cual preocupo a la burguesía. Este sector recibió el apoyo del campesinado, inquieto por las contribuciones territoriales que el nuevo régimen les exigía. Por ello en las elecciones de abril el sector moderado triunfo. Los talleres fueron cerrados. Esto motivó una nueva insurrección en junio, prontamente reprimida. Al final, el sector burgués, moderado y temeroso de los socialistas, limito su triunfo a la declaración de la Republica y a la elección como presidente de Luis Napoleón Bonaparte.

En Austria, la revolución de 1848 significo la derrota de Meternich por los liberales y los levantamientos Nacionalistas en las regiones del imperio: Venecia y Milán, y de la región eslava, donde checos, eslovacos y polacos protestaron contra el régimen. Sin embargo, el levantamiento se vio restringido por las disensiones nacionalistas y por la falta de apoyo popular al movimiento burgués. En Italia, la oleada del 48 solo permitieron el establecimiento de republicas efímeras en Roma y Nápoles. Finalmente en Prusia la población de Berlín se reveló y obligo al rey Federico Guillermo ll a reconocer principios liberales y a respetar una asamblea nacional.

 El problema del Imperio Turco

El impero turco dominaba toda la península balcánica cuando se iniciaron las oleadas revolucionarias en 1820. Durante estos años solo perdió el territorio de Grecia; pudo mantenerse en los demás gracias a los intereses opuestos entre las monarquías absolutistas y la Gran Bretaña. En realidad el Imperio Turco estaba minado por dentro y era necesario poco esfuerzo para vencerlo. Pero las pretensiones de Rusia sobre el mediterráneo, el control de Inglaterra   de este mar, y la presencia austriaca en la región impidieron que algunas de ellas toman la iniciativa o que apoyara resueltamente a los movimientos nacionales de la zona.

De hecho cuando Rusia decidió actuar, Francia e Inglaterra se enfrentaron a ella y la vencieron (Guerra de Crimea, 1855). La cuestión fue resuelta años más tarde, cuando las grandes monarquías constitucionales comenzaban a transformarse en potencias imperialistas. Sin embargo el asunto estuvo en el inicio de la primera Guerra Mundial.

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