Los persas

Los persas eran un pueblo de origen indoeuropeo, que ocupaba las oasis del sur de la meseta del Irán. El creador del Imperio persa fue Ciro (556 a.de.c), de la familia de los Aqueménidas quien dirigió la conquista del resto de Irán, Mesopotamia y Anatolia. Sus éxitos se debieron a nuevas tácticas, que combinaban los cuerpos de lanceros y arqueros con la acción de sus magnificios jinetes. Cambices, sucesor de Ciro, conquisto Egipto, y Darío fue el verdadero organizador del imperio.

La tolerancia y la justicia observadas por Ciro con los pueblos sometidos fueron mantenidos por Darío. Cada pueblo conservó su religión y sus costumbres; gobernadas por sátrapas que administraban en nombre del “Gran Rey”, recaudaban los impuestos y aseguraban la paz y el orden. Frecuentemente, el monarca enviaba funcionarios o inspectores, denominados ojos y oídos del rey, para vigilar y obtener información sobre la situación en cada satrapía. Una red de caminos y un sistema de correos reales mantenían en contacto la corte con las más apartadas regiones del imperio. cuatro capitales  facilitaban la ejecución de las leyes, aunque el Gran Rey presidia preferentemente en Persépolis y en Susa.

La obra de unificación se completo con el establecimiento de un sistema monetario único (daricos de oro y dracmas de plata), un sistema de pesas y medidas basado en el de Mesopotamia y un código legal, inspirado en el derecho egipcio. La lengua empleada en la administración fue el arameo. Con esta solida organización el Imperio  persa duro más de 200 años e integro en una sola civilización las creaciones científicas, artísticas y las instituciones económicas de Egipto, Mesopotamia y otros pueblos.

La originalidad persa residió en la organización del Imperio y en la región que inspiro la justicia y la tolerancia hacia los bendecidos. Fue predicada por Zoroastro (o Zaratustra), quien vivió en la misma época en que se creó el Imperio.

De acuerdo con estas creencias, existía solamente dos dioses: uno del bien, llamado Ahura-Mazda y otro, del mal, llamado Ahirmán. El dios del bien, creador y legislador del universo, estaba en lucha constante contra el dios del mal. Esta religión, llamada mazdeísmo por el nombre del dios del bien, era dualista, no monoteísta como la hebrea. Además, reconocía la libertad del hombre para escoger entre servir el bien o al mal y anunciaba que habría una resurrección, un juicio final y un premio o castigo eterno. Su doctrina fue recogida en un libro sagrado, el Zend Avesta. Esta religión perduro entre los persas influyo siglos mas tarde en algunos cristianos.

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