La crisis de la cristiandad en la Edad Media

A finales del siglo XIII se produjo una fuerte disputa entre el papa Bonifacio VIII y el rey Felipe IV de Francia. El rey francés, agobiado por la necesidad de dinero, decidió imponer tributos al clero francés, a lo que se opuso el papa. Felipe IV lo desafió, capturó y maltrató para hacerlo renuciar. No tuvo éxito, pero el papa Bonifacio murió un mes después y su sucesor vivió solo ocho meses, circunstancia que Felipe IV aprovechó para nombrar a un papa francés y trasladar la sede papal a la ciudad francesa de Aviñón en el año 1309.

 Estos sucesos representaban el fin de la pretensión de dominio universal de la Iglesia católica frente a los poderes monárquicos. Además, la corrupción en el seno de la Iglesia empeoró durante los setenta y cinco años en que Aviñón fue la sede del papado. Cuando se intentó restablecer su sede en Roma, se produjo el Cisma de Occidente, es decir, la Iglesia católica se dividió y rigieron simultáneamente dos papas. Los reyes buscaban influir en la Iglesia para beneficiarse, y en Roma reinaba la corrupción buscando privilegios. Los gobernantes seculares intentaron imponer a sus papas por medio de las armas o de los Concilios (reuniones de obispos para deliberar sobre materias doctrinales), pero solo lograron que el número de papas simultáneos aumentara a tres.

Finalmente, con el Concilio de Constanza (1413) se logró la renuncia de los papas y se nombró a Martín V. Con ello terminó el Cisma y se reestableció la sede papal romana. Los conflictos religiosos que vivió la cristiandad entre los siglos XIV y XV conformaron la base para la Reforma y la Contrarreforma del siglo XVI.

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